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27 March 2009

Dimensiones de la Crisis. Otro mundo ¿es realmente posible?

La Jornada del Campo / ecoportal 23-03-09, Por Víctor M. Toledo

Utilizando el parámetro de la huella ecológica por un lado, y el índice de bienestar humano de la Organización de las Naciones Unidas, un grupo de investigadores confeccionaron un método para cuantificar el nivel de sustentabilidad de los paises. La aplicación de ese índice a 93 países, entre 1975 y 2003, reveló que no obstante los conocimientos acumulados y las medidas adoptadas durante ese periodo, la sociedad humana se ha vuelto menos, no más sustentable, con excepción de un país, Cuba.
Primero fue la crisis social la que generó conciencias, reacciones, iniciativas diversas, protestas. Después se agregó la crisis ecológica y en íntima relación la energética. Hoy ha hecho su aparición la crisis financiera, convertida ya en debacle económica de escala global, y los defensores de la situación se quedan sin baldes para sacar el agua del buque que se hunde. ¿Son estas crisis fenómenos aislados o por lo contrario no son sino las expresiones de una sola crisis?
Aquí de nuevo es la perspectiva histórica la que nos permite responder a la pregunta, pero no la de cualquier historia, sino la de aquella que logra articular la historia de la sociedad con la historia de la naturaleza. Estamos en un "fin de época", entrando a la fase terminal de la civilización industrial, tecnocrática y capitalista, en la que las contradicciones sociales y ecológicas se agudizan y la norma es cada vez más los escenarios sorpresivos, inesperados e impredecibles.
Dos fenómenos encabezaban esta crisis de civilización: el calentamiento global y el fin de la era del petróleo.
Ahora debemos agregar la crisis provocada, y largamente anunciada, por la voracidad insaciable del capital. Todas son la expresión de un intrincado conjunto de procesos cuyo devenir ha tomado varias décadas, es decir que conforman una inercia de largo aliento.

La gran aceleración: el siglo XX.
El ser humano ha estado presente en el planeta desde hace 200 mil años, un suspiro en la larga, casi eterna, historia de la Tierra. Durante la mayor parte de ese lapso, el hábitat planetario ha sufrido una creciente presión por parte de la especie humana. Sin embargo nada es comparable con lo ocurrido en los cien años recientes, un periodo que equivale solamente al 0.05 por ciento en la historia de la humanidad. Hoy pueden identificarse un conjunto de fenómenos sin precedente en la historia (Mc Neill, J. 2002. Something new under the Sun: an ecological history of twenty century. Penguin Books).
La población humana, por ejemplo, se incrementó más de cuatro veces entre 1900 y 2000, al pasar de 1.6 mil millones a más de 6 mil millones. Ello supone la llegada cada año al planeta de 77 millones de nuevos seres humanos. A esta velocidad el reloj demográfico es, y será cada vez más, una bomba de tiempo que ha dejado en el siglo XX a la quinta parte de todos los miembros, vivos o muertos, que han existido a lo largo de la historia.
Los datos demográficos, sin embargo, palidecen frente a los de la economía mundial. Medida en dólares de 1990, ésta se incrementó 14 veces entre 1900 y 2000, de tal suerte que la economía global de 1950 ha sido superada ya por la economía estadounidense de hoy, y la economía global de 1900 es equivalente a la economía japonesa actual (McNeill, 2000).
El uso de la energía, medido en toneladas métricas de barriles de petróleo, es el tercer gran aceleramiento del siglo pasado: creció 16 veces. La energía utilizada en el siglo XX ha sido mayor que la utilizada a lo largo de toda la historia de la especie, y diez veces mayor a la usada en los mil años previos (Mc- Neill, 2000).
En comparación con los datos anteriores, el uso del agua se elevó nueve veces; el incremento del bióxido de carbono (CO2), el principal contaminante atmosférico, fue de 13 veces, y las emisiones industriales de ¡40 veces! De la misma manera, la extracción y el consumo de metales (cobre, zinc, manganeso, cromo, níquel, magnesio, estaño, molibdeno y mercurio) han tenido un crecimiento espectacular en los cien años recientes. La extracción de estos metales conlleva a su vez el uso de sustancias tóxicas, el uso y contaminación del agua y el movimiento masivo de materiales. Otros crecimientos vertiginosos son el de los vehículos automotores y el de las reses o cabezas de ganado, así como el de las poblaciones de la fauna que acompaña al ser humano (moscas, ratas, cucarachas, etcétera) y, en las décadas recientes, el de la información manejada globalmente por medio de los sistemas de cómputo y las telecomunicaciones.
Los autos y las reses se pueden considerar dos de los principales iconos del siglo XX. Por cada dos seres humanos que nacen al año se construye un auto, de tal suerte que para 2010 el parque vehicular alcanzará los mil millones. El auto produce 15 por ciento de los gases que contaminan la atmósfera, su construcción produce entre 15 y 20 toneladas de residuos, y cada año los accidentes automovilísticos matan a un millón de seres humanos y dejan heridos entre 25 y 35 millones (Toledo, V. M., 2006. Ecología, espiritualidad, naturaleza. Jitanjáfora Ediciones).
Por otro lado, puestas en una balanza, todas las reses del mundo pesan más que todos los seres humanos juntos, y en varios países como Uruguay, Costa Rica o Australia, existen más vacas que humanos. Hacia 2001, las reses habían alcanzado los mil 530 millones, cada una de las cuales eructa metano y óxido nitroso, gases que inducen el calentamiento global. La expansión de la ganadería vacuna ha sido la causa principal de la destrucción de millones de hectáreas de selvas tropicales.
Con poblaciones cercanas a las de los seres humanos, los autos y las reses, los dos principales engendros de la invención humana del siglo pasado, compiten ya con sus creadores por los alimentos. En países como Brasil o Estados Unidos, cada parcela agrícola puede ser dedicada a alimentar a los autos (agrocombustibles), a las reses (pastizales) o a los humanos (cereales, hortalizas, legumbres, etcétera). El gran evento más reciente que ha acompañado a todo lo anterior ha sido el de la producción de desechos: la excreción de materiales, sustancias, agua utilizada, radiaciones, genomas alterados y basura. Los volúmenes de generación de desechos han roto toda predicción. Hoy podemos afirmar que el planeta es cada vez más un espacio irremediablemente contaminado de una gama casi infinita de basuras y desechos. Tan sólo en Europa, posiblemente la región con las leyes más estrictas, existen unos 30 mil productos químicos sin control, es decir, de los cuales no se sabe nada acerca de sus efectos sobre la salud humana y el ambiente (El País, 25/9/2005, página 21).
Es muy probable que el notable incremento de las alergias, el asma, el cáncer, las disfunciones hormonales y la infertilidad esté ligado con el uso incontrolado de esas sustancias. Dentro del panorama anterior, no debe dejar de citarse la producción de máquinas y aparatos inservibles. Por ejemplo, hoy existen 2 mil 100 millones de celulares en el mundo, casi uno por cada tres personas, y dado que el tiempo de uso promedio de cada aparato es de 14 meses, la cantidad de celulares que se desechan como "chatarra electrónica" es descomunal: sólo en Estados Unidos hay 500 millones de celulares desechados.

Los impactos de un "experimento sin control".
Si el uso pacífico o bélico de la energía nuclear ya había sacudido las conciencias de los miembros más lúcidos de la especie humana, hacia mediados del siglo pasado comenzaron a surgir las primeras llamadas de atención acerca de los impactos de la modernidad industrial sobre la trama de la vida y los balances ecológicos del planeta. Durante los recientes cien años, la especie humana ha modificado y/o afectado los ecosistemas del planeta Tierra de forma más extensa y rápida que en ningún otro periodo de la historia humana.
Dos fenómenos destacan: el mayor poder de transformación adquirido por los seres humanos a partir del uso de los combustibles fósiles (incluyendo la energía nuclear) y la lógica o racionalidad que ha dominado y que hoy alcanza su máxima expresión, la cual está basada en una voracidad insaciable: la de la acumulación, concentración y centralización de capital.
El "experimento incontrolable" que caracteriza al metabolismo industrial se explica entonces por los mecanismos insaciables de un mercado dominado por el capital que echa mano de un gigantesco poder de transformación, cada vez más acrecentado por la innovación científica y tecnológica. Y es esta espiral que crece y crece la que se debe detener, única manera de finalizar una etapa y de comenzar otra.

La huella ecológica y la inercia de la era industrial.
La cantidad de alimentos, energía, agua, materiales de construcción y desechos que cada individuo utiliza y expide a lo largo de un año puede ser calculada mediante un índice conocido como la "huella ecológica" creado por M. Wackernagel y J. Rees, en 1996. Este índice es de carácter trans-escalar, pues puede aplicarse a individuos, familias, barrios, comunidades, ciudades, países y a la humanidad entera, así como compararse al paso del tiempo, y se mide en el número de hectáreas necesitadas para satisfacer lo consumido.
Desde 1985 los seres humanos traspasaron, en conjunto, la capacidad del planeta para proveer esos satisfactores. Esta presión humana sobre el equilibrio de la Tierra debe sin embargo ser matizada, pues son los países y sectores opulentos los que mayores impactos producen, de tal suerte que medida por países, la huella ecológica resulta de la combinación del número de habitantes y de su nivel de consumo.
Si todos viviéramos como la población promedio en los países ricos, el planeta sólo podría soportar mil 800 millones de personas, y no los seis mil 700 millones que viven en la actualidad. Contrariamente a lo esperado, la huella ecológica sigue aumentando dado que el consumo tanto de los países ricos como la de los llamados emergentes (China, India, los de Europa del este, Brasil, Sudáfrica) se incrementa día a día. En 2006, el comercio y el consumo globales aumentaron a niveles récord en todo el mundo. Las producciones de acero (mil millones de toneladas), aluminio (31 millones de toneladas) y automóviles (45.6 millones de unidades), por ejemplo, superaron todas las marcas anteriores.
Utilizando el parámetro de la huella ecológica por un lado, y el índice de bienestar humano de la Organización de las Naciones Unidas, un grupo de investigadores confeccionaron un método para cuantificar el nivel de sustentabilidad de los países, definido como aquel que alcanza un mínimo grado de bienestar social y un nivel de consumo que no excede la capacidad de renovación de la biosfera (bio-capacidad) (Moran, et al, 2008, Ecological economics).
La aplicación de ese índice a 93 países, entre 1975 y 2003, reveló que no obstante los conocimientos acumulados y las medidas adoptadas durante ese periodo, la sociedad humana se ha vuelto menos, no más sustentable, con excepción de un país, Cuba (véase: http://www.footprintnetwork.org/hdief.html). Los resultados también ubicaron a Latinoamérica como la región "menos insustentable" del globo.
El análisis anterior cobra especial importancia porque viene a corroborar, a escala global, la existencia de un proceso largamente intuido o sospechado pero no demostrado con cifras o datos: la inercia aparentemente imparable del metabolismo industrial y su carácter esencialmente depredador de los recursos del planeta.
Este análisis encuentra su correlato en los más recientes reportes sobre el cambio climático. De acuerdo con los trabajos presentados por varios expertos, varios de ellos miembros del IPCC, durante la reunión anual de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS), celebrada en Chicago en febrero del 2009, el cambio climático será más rápido y más intenso de lo previsto en el más reciente informe de los científicos de Naciones Unidas (el IPCC), presentado a principios de 2007, el cual fue demasiado prudente o conservador.

¿Otro mundo es realmente posible?
El metabolismo industrial se ha convertido ya en un irrefrenable movimiento expansivo, en un permanente creador de entropía o desorden, ha generado innumerables nuevas articulaciones entre los fenómenos sociales y naturales, ha impulsado nuevos efectos de carácter multi-escalar (de lo local a lo global y viceversa), y ha terminado por convertir al mundo moderno en un complicado e incomprensible calidoscopio de crisis cada vez más concatenadas y amplificadas.
Con la consolidación del capitalismo industrial, cuyo pináculo estamos viviendo, el hábitat planetario ha entrado en una fase crítica de aceleración y descontrol. Los fenómenos globales inducidos por la civilización industrial, han traído un sinfín de ventajas y nuevas e inimaginables posibilidades, pero también han hecho del hábitat planetario un espacio cada vez más inseguro, incierto y peligroso.
La destrucción de la variedad de la vida (biodiversidad), el agua cada vez más cara y escasa, el aire y los mares contaminados, los alimentos insanos, las substancias y las tecnologías peligrosas, así como los cambios climáticos inesperados y catastróficos, se combinan ya con los quiebres de empresas y corporaciones, las recesiones económicas y la devaluación de las monedas.
La crisis múltiple que sufre el mundo contemporáneo obliga a replantear innumerables aspectos del entramado social y de sus relaciones con el mundo natural, y ello vuelve anacrónicas a buena parte de las propuestas teóricas y prácticas de los sectores anti-sistémicos. Toda solución parcial o unidimensional es ya una interpretación reduccionista, limitada e inútil. La crisis de civilización que hoy vive la especie humana es antes que todo una "crisis metabólica", en tanto que atañe al entramado de innumerables dimensiones. No hay pues solución económica, tecnológica, energética, social, política, institucional, epistemológica o ambiental.
Si hay fuerzas que enarbolan el lema de que "otro mundo es posible", es decir que las crisis son superables, entonces ese mundo visualizado debe construirse sobre la justicia social, el respeto a la naturaleza, la re-configuración de los sistemas financieros, el cambio de fuentes energéticas, la autogestión local y regional, la creación de nuevas tecnologías y sistemas de conocimientos, etcétera.
Hoy se requieren cambios en todas esas dimensiones de la realidad, orquestados por un nuevo paradigma político, que deje atrás los atavismos que aún dominan los movimientos anti-sistémicos y el pensamiento crítico. Este nuevo paradigma político debe basarse en una concepción que contemple tanto la explotación entre los seres humanos como entre aquellos y la naturaleza. Frente a las múltiples crisis, un proyecto alternativo o, si se prefiere, una modernidad alternativa, está obligado a dos cosas: en primer término a organizar la resistencia ciudadana, y en segundo lugar a construir el poder social. Ambos se encuentran indisolublemente ligados. El poder social se construye poniendo en juego tres elementos: la solidaridad, la organización y el conocimiento científico y tecnológico, en proyectos concretos.
Cada uno de ellos es necesario pero no suficiente. Ello implica gestar modos alternativos de vida basados en la autogestión, la autosuficiencia, la diversidad, la democracia participativa y la equidad, por medio de los cuales los individuos, las familias, las comunidades recuperan el control sobre los procesos que les afectan, es decir, disminuyen el riesgo al que los ha condenado a vivir la sociedad dominada por el capital.
La "micropolítica doméstica". La construcción del poder social comienza en la familia, en la edificación de un hogar autosuficiente, seguro y sano, que comparte con muchos otros hogares una misma "micropolítica doméstica". Ello se logra mediante acciones en la alimentación, la salud, la vivienda, el agua, la energía y el ahorro y el crédito, todo lo cual surge, a su vez, de la toma de conciencia, ecológica y social, de los miembros de la familia, de un cambio de actitudes, y en fin de la adopción de una nueva filosofía por y para la vida. En el caso de la alimentación se trata de que el hogar alcance, donde le sea posible, el auto-abasto de alimentos sanos, nutritivos y producidos bajo esquemas ecológicamente adecuados (agricultura orgánica o sustentable) y/o la obtención de aquellos de redes y mercados solidarios, justos y orgánicos.
El hogar debe buscar también la autosuficiencia en agua y energía, lo cual implica la adopción de tecnologías adecuadas, limpias, baratas y seguras. La vivienda debe estar construida con materiales locales, no tóxicos y producidos bajo fórmulas ecológicamente correctas.
Finalmente, la salud se alcanza mediante la acción conjunta del consumo de alimentos sanos, materiales no tóxicos, agua limpia, adecuados dispositivos sanitarios, y el empleo no de una sino de varias tradiciones médicas (desde la acupuntura, digitopuntura, homeopatía y herbolaria hasta las diferentes medicinas industriales).
Los hogares autosuficientes, sanos y seguros conforman las células últimas del poder social, y sólo alcanzan a realizarse cuando forman parte de redes, asociaciones, cooperativas o comunidades de territorios bien definidos.
Estos últimos representan un segundo nivel de organización social y surgen de la agregación solidaria de los primeros.
Un tercer nivel puede alcanzarse cuando se logra la articulación a escala de barrios urbanos, ciudades pequeñas, municipios y micro-regiones, y así sucesivamente. Todas estas formas de organización se alcanzan más fácilmente cuando existe la participación de "agentes técnicos": investigadores, promotores y animadores.
Sin la construcción del poder social, el poder político (que corre en paralelo) se ve limitado en sus acciones reivindicadoras, incluso se torna inocuo o disfuncional al ser dominado o controlado por las fuerzas antisociales (como los mercados dominados por el capital).
En suma, la crisis de civilización que hoy vive el mundo contemporáneo y cuya dinámica opera en ritmos mucho más lentos al de los procesos políticos y sociales habituales, sólo será superable bajo esquemas teóricos renovados y mediante acciones políticas de nuevo cuño. Ya no bastan las fórmulas convencionales que aún dominan los movimientos anti-sistémicos, incluyendo las de los sectores considerados como los más avanzados (como el neo-zapatismo).
Si "otro mundo es posible" éste será el de una "democracia solar" participativa e incluyente, una tecnología que imite los pulsos de la naturaleza, un conocimiento holístico donde pensar y sentir sean las dos caras de la misma esfera, un sentido de equidad que incluya al resto de los seres vivos y, en fin, una sociedad sustentable dominada por formas de vida orgánicas. Estamos ante una tarea descomunal y urgente.
Ese es el tamaño del reto.

www.ecoportal.net
Tema del mes de La Jornada del Campo. http://www.jornada.unam.mx

17 September 2008

Vandana Shiva, Los monocultivos de la mente. Perspectivas sobre la biodiversidad y la biotecnología.

Rebelión, 17 de Septiembre de 2008
Reseña del libro Los monocultivos de la mente. Perspectivas sobre la biodiversidad y la biotecnología de Vandana Shiva,
El desafío de conservar la biodiversidad

El Viejo Topo

Vandana Shiva, Los monocultivos de la mente. Perspectivas sobre la biodiversidad y la biotecnología. Fineo editorial, Monterrey (México), 2008. Traducción de Ana Elena Guyer. 245 páginas

Acaso no sea inadecuado iniciar esta reseña dando cuenta de cuatro historias directamente relacionadas con las tesis defendidas en este ensayo de la física teórica, filósofa de la ciencia y fundadora de Navdaya, un movimiento de mujeres a favor de la diversidad y la integridad de los medios de vida, amén de directora de la Fundación de Investigaciones para políticas de Ciencia, Tecnología y Recursos Naturales de la India, Vandana Shiva

La primera habla de la soja y apunta críticamente a publicidades engañosas y a desinformaciones básicas. Los chinos de antaño consideraban a la soja como un tesoro nacional, no como un alimento. De hecho, la consideraban incomible: sabían que la ingestión de soja hacía enfermar de diferentes maneras, y que era casi imposible de digerir produciendo aventamiento intestinal. Sabemos hoy que la soja está repleta de antitripsinas, moléculas que no permiten la digestión más elemental de la proteína en la dieta, y de ácido fítico, un ácido que interfiere con la absorción de los minerales esenciales del alimento. Ambas substancias son consideradas por ello antinutrientes. ¿De dónde entonces el aprecio por la soja? Los chinos habían descubierto que sus raíces capturaban nutrientes del aire, fijaban el nitrógeno, que usaban como "estiércol verde" para enriquecer la tierra (el símbolo escrito chino para referirse a la soja es una raíz). Hasta que descubrieron que la fermentación prolongada podía neutralizar la mayoría de sus potentes toxinas, no lo comenzaron a usar como el condimento chiang. El natto aparece en 1.000 a.n.e. y el tempeh en los mil seiscientos años siguientes. Poco de ello se cuenta en las historias occidentales sobre el papel de la soja en la cultura china. La publicidad y el consumo no permiten límites epistémicos, no admite el matiz y la diversidad.

La segunda historia apunta a la justicia histórica. Boaventura de Sousa Santos –“Bifurcación en la Justicia”- señalaba recientemente que desde hace veinte años soplaba en el continente americano un viento favorable a la justicia histórica. Desde la primera Nicaragua sandinista, a mediados de los años ochenta del siglo pasado, hasta la discusión de la nueva Constitución de Ecuador, habían venido consolidándose las siguientes ideas: 1. La unidad del país se refuerza cuando se reconoce la diversidad de culturas de los pueblos y naciones que lo constituyen. 2. Los pueblos indígenas nunca fueron separatistas. En las guerras fronterizas del siglo XIX dieron pruebas de un patriotismo que la historia oficial nunca dio muestras de reconocer. De hecho, sabido es, quien amenaza la integridad nacional –Bolivia es el ejemplo que todos tenemos en mente en estos momentos trágicos- no son los pueblos indígenas: son las empresas transnacionales, con su sed insaciable de acceso incontrolado a los recursos naturales, y las oligarquías respectivas, (con ayudas y direcciones imperiales, cuando pierden el control del gobierno central. 3. Dado el peso de ese pasado -la formulación de De Sousa es magnífica- “no es posible, por lo menos por algún tiempo, reconocer la igualdad de las diferencias (interculturalidad) sin reconocer a un tiempo la diferencia de las igualdades (reconocimientos territoriales y acciones afirmativas)”. 4. No es por casualidad que el 75% de la biodiversidad del planeta, y esto enlaza nuevamente con las tesis de Shiva, se encuentre en territorios indígenas o de afrodescendientes. ¿Por qué?

La relación de estos pueblos con la naturaleza permitió crear formas de sostenibilidad que hoy se consideran decisivas para la supervivencia del planeta. La preservación de estas formas de manejo del territorio trasciende hoy el interés de esos pueblos. Interesa al país en su conjunto y a todo el mundo. Por la misma razón, el reconocimiento de los territorios tiene que hacerse de manera continuada, ya que de otro modo desaparecen las reservas y, con ellas, la identidad cultural de los indígenas y la propia biodiversidad.

La tercera historia versa sobre las relaciones entre la tecnología y el poder y está en el haber de Enrique Martínez, el que fuera presidente del Instituto Nacional de Tecnología de Argentina. Desconozco si sigue siéndolo. La siembra sin un laboreo previo o mínimo ha sido pensada y practicada por agricultores, con variada base científica, desde hace muchísimos años con objetivos conservacionistas: puede reducir hasta eliminar la erosión, puede preservar los procesos naturales de nitrificación y formación de humus del suelo, ahorra energía, permite llevar adelante cultivos de manera armoniosa con el hábitat, “adaptándose a aquello que la naturaleza viene haciendo hace centenares de miles de años en superficies a escala humana y sin aplicación de grandes máquinas ni arsenales químicos”. De hecho, en la primera mitad del siglo XX, la labranza mínima era una de las banderas contra el uso de fertilizantes artificiales en gran escala.

Esta, la mirada tradicional, conservacionista si se quiere, ya era una mirada tecnológica, no era en absoluto una perspectiva antirracional o desinformada. Llegó otra. Una gran corporación americana advirtió que podía tomar a su favor el valor cultural –vale la pena remarcarlo: valor cultural- de la conservación del suelo, pero rediseñó por completo la otra idea, la noción de labranza cero. Para la tecnología "Monsanto" el suelo es sólo soporte para los cultivos, todo lo demás es externo: se aplica un herbicida total de contacto (que, inicialmente, cuando se lo diseñó eliminaba toda vegetación a la que alcanzara); se utiliza una semilla resistente a ese herbicida obtenida por transgénesis (1); se aplican fertilizantes nitrogenados o fosfatados como para cubrir la totalidad de la demanda del cultivo. Falta solo el sol y la lluvia. Esta última se reemplaza por sistema de riego en gran escala.

El resultado tiene sólo algunos puntos en común con la tecnología tradicional: el herbicida total afecta la microfauna, las abejas y los pájaros, además de las personas, en los cada día más frecuentes casos de uso desaprensivo; el exceso de fertilizantes no procesados migra hacia los cauces de agua y los contamina con vegetación no deseada; aparecen plagas resistentes al cóctel químico que hace que las dosis se vayan incrementando.

Los rendimientos por hectárea aumentan, pero lo hacen casi como sucedería en un cultivo hidropónico, donde sin tierra se agregan todos los nutrientes necesarios. ¿Es éste el modelo que el mundo realmente necesita?

Existe otra derivada de la nueva tecnología, generalmente considerada la única tecnología que vale la pena considerar. Al reducirse la potencia necesaria por hectárea –no se mueve la tierra– se produce la paradoja que el tamaño de los equipos aumentó con el objetivo de trabajar superficies mucho mayores superficies que las tradicionales en igual tiempo. Con ese paquete" tecnológico -maquinaria, herbicidas, semillas modificadas para resistir al herbicida- se posibilitó que muy poca gente trabaje grandes extensiones; el empleo productivo disminuye, su costo también.

En cambio, el costo y la dependencia con respecto a este paquete tecnológico, patentado y controlado de modo concentrado por grandes corporaciones, aumentó. El efecto inmediato fue el gran aumento del capital necesario para ser contratista de labranza y la posibilidad de que grandes capitales financieros accedieran a cultivar la tierra, ocupando a esos contratistas y arrendando predios. Cultivar es un decir: accedieron a hacer negocios con la tierra, de forma tal que los inversores normalmente no saben ni en qué provincias están los campos que se siembran. Como sucede en cualquier "fondo de inversión", los dueños del capital (en muchos casos pequeños ahorristas, jubilados), quedan completamente desvinculados e ignorantes de la aplicación productiva de sus dineros; sólo deben preocuparse por la seguridad de su inversión y la maximización de su renta.

El efecto en cascada es conocido: la compra de insumos y la comercialización centralizadas de los productos finales quebró el tejido comercial e industrial de cada pueblo, amplificando el efecto negativo de la menor ocupación directa sobre la tierra. Aquí la diversidad de métodos y propiedades es arrancada de raíz en base a una concepción de la tecnología conducida únicamente hacia la productividad inmediata.

Un último ejemplo. Lo recordaba Gustavo Duch Guillot, presidente de Veterinarios sin fronteras. En las riberas de los ríos se emplazaron los primeros asentamientos humanos. Junto a las aguas frías y nítidas de ríos de montaña o junto a las aguas calmadas y de color marrón de ríos de selva han crecido numerosas comunidades sabiéndose cercanas al agua potable y a variados alimentos. En las selvas amazónicas los ríos proporcionan agua para una agricultura diversificada –de nuevo la biodiversidad- que garantizaba todo lo que necesitaban las familias: árboles frutales y maderables, cacao, maíz, frijoles, yuca, La pesca sumaba las proteínas a su dieta con decenas de variedades de peces con nombres que recuerdan el origen de las cosas: pirarucú, tucunaré, jaraquí, tambaquí. En los márgenes de los ríos se pueden recolectar plantas medicinales para prevenir infecciones de útero o para aliviar la tos.

Los cursos fluviales han sido territorios de biodiversidad garantes de la soberanía alimentaria. Están amenazados.

Cuando se hiere a un río se matan a muchos seres humanos. Las industrias extractivas y mineras y las fumigaciones de los monocultivos contaminan los ríos, que son las aguas que beberán las familias. La expansión de los cultivos de exportación, como la soja y los nuevos agrocombustibles, lleva consigo la tala de la masa forestal hasta los mismos márgenes de los ríos, eliminando la protección natural que ofrecían frente a las crecidas de las aguas. Pueblos enteros se los llevan las aguas sin esa protección. Todas estas consecuencias afectan a miles de familias indígenas, a poblaciones rurales marginadas, hijas y hermanas del río, y se verán multiplicadas con la próxima construcción de una hidrovía de 4.200 km sobre el río Madera, afluente del Amazonas, con cuatro represas hidroeléctricas con exclusas para la navegación, dos situadas en Brasil, la tercera en aguas binacionales y una cuarta en Bolivia. Las represas provocarán la inundación de las tierras de cultivo provocando la expulsión de las comunidades campesinas e indígenas ribereñas, la pérdida de fauna acuática, así como el aumento de enfermedades infecciosas.

Estos resultados, nunca contemplados, deberían sumarse a la casilla del debe en las cuentas finales del Banco de Santander. Este gran banco financia -es parte de la Iniciativa para la Integración de infraestructura de América del Sur- las obras de la primera represa, la de San Antonio en Brasil, previstas para agosto de 2008.

Pues bien, en esta misma senda, este ensayo de Vandana Shiva “sobre las causas de la desaparición [de la biodiversidad] y el desafío de conservarla” es recomendable por multitud de razones. Apuntaré algunas de ellas.

Shiva nunca olvida en sus análisis la importancia de las resistencias ciudadanas ante los atropellos de gobiernos y corporaciones. La entrega, por inútil e incluso por inmoral, no está en su agenda. Un ejemplo. En las zonas semiáridas del estado de Karnataka un programa de silvicultura social del Banco Mundial promovía la destrucción de la diversidad agrícola del lugar y con ella la erosión del suelo y pérdida del agua, medios de vida y abastecimiento de biomasa para el uso local. En 1983, “el movimiento de agricultores Raitha Sangha empezó a arrancar árboles de eucaliptos de los viveros y a sustituirlos por diversas especies como mango, tamarindo y yaca” (p. 10).

Los ensayos agrupados en el segundo y tercer capítulos, en torno a diversidad biológica y biotecnología, argumentan por qué no debe llevarse por separado las negociaciones sobre diversidad biológica y biotecnológica. “Quienes consideran la diversidad biológica como simple materia prima hablan desde un punto de vista antinatural y racista, ya que conciben carentes de valor a la propia naturaleza y al trabajo de los pueblos del Tercer Mundo” (p. 12). La biodiversidad tiene una riqueza intrínseca, además de un gran valor de uso para las comunidades locales. Por lo demás, Shiva arguye sosegadamente sobre la biotecnología que podría “desatar problemas ecológicos peores de los que dice resolver”, sin olvidar una importante derivada política: cuando la diversidad biológica y sus productos provienen de países tercermundistas se ven como una herencia gratuita y común de la humanidad; cuando son ligeramente modificados en laboratorios del Norte, entonces “son considerados propiedad privada patentada”.

El cuarto ensayo incorporado es un alegato contra la noción distorsionada de la “obsolescencia de la diversidad biológica viviente, inherente al paradigma de los monocultivos, que va unida al monopolio del control de la diversidad biológica y nos pone en peligro de desastre imprevisibles” (p. 13). La diversidad como modo de pensar y de vivir, sostiene Shiva, es aquello que necesitamos para superar los empobrecidos monocultivos de la mente.

El quinto y último capítulo es una crítica al Convenio sobre Diversidad Biológica, el texto se reproduce al final del volumen (páginas 193 y siguientes), cuya aprobación definitiva se dio en Nairobi. Shiva señala en él varios importantes errores que pueden “hacer que el Convenio tenga efectos negativos sobre el Tercer Mundo” (p. 13).

Hay, además, complementos de interés (por ejemplo, la declaración de 1975 de un grupo de científicos, James D. Watson entre ellos, sobre los peligros biológicos potenciales de la recombinación de moléculas de ADN”) y Shiva, como buena científica, no sólo escribe y argumenta con precisión sino que da datos, construye cuadros y presenta esquemas que sintetizan sus posiciones. El cuadro de la página 143 presenta los vínculos entre la diversidad biológica y la biotecnológica que, señala reiteradamente la autora, deben ser visto desde otra perspectiva.

He dejado para el final el comentario del primer capítulo del ensayo, el que da título al volumen: “Los monocultivos de la mente”. Shiva pretende demostrar en él que los monocultivos aparecen primero en la mente para posteriormente filtrarse al suelo: “debido a que la mente forja modelos de producción que legitiman la decadencia de la diversidad, pero situándolos bajo el nombre del progreso, crecimiento o mejoramiento” (p. 11). En su opinión, los monocultivos se han desarrollado no porque incrementen la producción sino porque controlan más. Su expansión guarda mayor relación con la política y el poder que con el enriquecimiento y la mejora de los sistemas de producción biológica. La tesis de Shiva se extiende desde la revolución verde y la genética hasta las nuevas biotecnologías.

La argumentaciones presentadas recuerdan antiguas, y acaso inextinguibles, discusiones en torno a ideología, posición de clase y conocimiento científico pero es bueno recordar, sin que pretenda ser un argumento conclusivo ni una cita de autoridad indiscutida, que Shiva no ignora el terreno que pisa: es una física teórica, una destacada bióloga y, además, una reconocida y competente filósofa de la ciencia.

Daré algunos ejemplos de sus posiciones y razonamientos. Este por ejemplo de la página 15:

La desaparición del conocimiento local, en la interacción con el conocimiento occidental dominante, ocurre a varios niveles y en varias etapas. Primero, se hace desaparecer el conocimiento local simplemente no viéndolo, negando su existencia. Esto es muy fácil de hacer, con la mirada distante del sistema dominante globalizador, luego de que consideren universales los sistemas de conocimiento occidental. No obstante, el sistema dominante también es un conocimiento local, ya que tiene su base social en una cultura, una clase y un género determinado. No es universal en sentido epistemológico. Es simplemente la versión globalizada de una tradición muy local y pueblerina [la cursiva es mía]

No queda claro qué conocimiento consideraría Shiva epistémicamente universal. Sea como sea, para la autora no cabe aplicar la dicotomoía entre lo universal y lo local al caso de las tradiciones de conocimiento occidental y autóctono ya que “el occidental es una tradición que se difundió por el mundo a través de la colonización intelectual” (p. 16). Conocimiento y poder, pues; esa es nuevamente la cuestión.

No sólo eso. Según Shiva, la colonización no sólo es un adjetivo, semánticamente adecuado, de los sistemas económicos o políticos

Resultado de una cultura dominante y colonizadora, los sistemas de conocimiento moderno son ellos mismos colonizadores (p. 15)

La relación entre conocimiento y poder es inherente a sistema dominante (página 16):

Como marco conceptual , está asociado a un conjunto de valores basados en el poder que surgió con el auge del capitalismo. Genera desigualdades y dominación por la manera en que dicho conocimiento se genera y estructura; por la manera en que recibe la legitimidad extraída a los otros sistemas y por la manera en que dicho conocimiento transforma la naturaleza y la sociedad.

No sólo por la manera en que transforma naturaleza y sociedad o por la forma en que recibe su legitimidad, sino también, y en primer lugar, por la forma en que ese conocimiento “se genera y estructura”. No se habla, pues, de aspectos externos o de sus aplicaciones tecnológicas y productivas, sino de las propias teorías, del conocimiento en sí, de su génesis, de sus finalidades, de sus nociones y leyes.

Shiva, por lo demás, critica a R. Horton y a su distinción (sin duda, extendida hasta el punto de ser un lugar común gnoseológico) entre la abertura del conocimiento científico moderno y la cerrazón del conocimiento tradicional. Todo lo contrario en su opinión. Según la autora:

[…] la experiencia histórica de la cultura no occidental indica que son los sistemas occidentales de conocimiento los que se niegan a las alternativas (p. 18).

Vandana Shiva observa, no sin razones muy atendibles, que la etiqueta científico confiere a veces un carácter sagrado o una inmunidad social al sistema occidental, acaso sin distinguir, en mi opinión, ente el uso político de esa etiqueta y las pretensiones reales de las comunidades científicas (o destacadas partes de ellas) no extraviadas. Los sistemas más abiertos, paradójicamente, son los más cerrados al examen y la evaluación. ¿Cómo?

Elevándose a sí mismo por encima de la sociedad y otros sistemas de conocimiento, excluyendo simultáneamente otros sistemas del ámbito del conocimiento fiable y sistemático, el sistema dominante crea su monopolio (p. 18).

De este modo, la ciencia occidental no debe evaluarse sino que debe simplemente aceptarse subraya críticamente Shiva acaso sin matizar adecuadamente, con algún cuantificador no universal, la atalaya que pretende criticar

Un esquema sobre el conocimiento que Shiva llama dominante y la desaparición de alternativas puede verse en la página 20. Un ejemplo de lo criticado por la autora sería el siguiente:

1. En el sistema científico, que Shiva significativamente entrecomilla, que separa la silvicultura de la agricultura y reduce aquella al abastecimiento de madera, la alimentación ya no es una categoría relacionada con la silvicultura.

2. El espacio cognoscitivo que relaciona la silvicultura con la producción de alimentos ya sea directamente o mediante los vínculos de la fertilidad, queda eliminado con la anterior división.

3. De esta forma, los sistemas de conocimiento, que surgieron de la capacidad que tienen los bosques de proporcionar alimentos, quedaron ocultos y liego fueron destruidos tanto por a negligencia como por la agresión.

Ergo: el ocultamiento de otros conocimientos es una consecuencia de la dominancia de un conocimiento que se presenta como el único saber racionalmente admisible.

Es posible, eso sí, que en algunas consideraciones la información de Vandana Shiva no sea de primera mano ni esté totalmente actualizada. Así, en su lectura de las tesis de Kuhn (p. 17), en su reflexión sobre conceptos teóricos y conceptos observacionales (p. 17) y, especialmente, en una curiosa afirmación sobre el método científico:

Según un método científico abstracto, se cree que los científicos hacen afirmaciones que corresponden a realidades de un mundo directamente observable.

No parece que sea el caso ni creo que haya sido nunca el caso. Sea como sea, las aristas críticas de Shiva a la ciencia y las filosofías de la ciencia anexa merecen atención, estudio y reflexión y no permiten un pasar página con una mera y prepotente nota al margen: “escrito por una diletante desinformada”.

16 October 2007

Ecología y bioética, eje de las Xornadas de Filosofía de Vigo

ELPAIS.com, 17 de Octubre de 2007

La relación del hombre con la naturaleza, el cambio climático y sus consecuencias para la biodiversidad y las aplicaciones de las investigaciones científicas son algunos de los asuntos que protagonizarán los debates de las XVII Xornadas de Filosofía de Vigo, que organiza el Grupo Aletheia en colaboración con la Concellería de Cultura viguesa. Como explica el presidente del Grupo Aletheia, Avelino Muleiro, ecología y bioética son dos conceptos que se complementan.

Es más, el colectivo y los participantes en las jornadas parten de la consideración de que la ecología cabe en el seno de la bioética, a la par que otras cuestiones candentes como la eutanasia, la manipulación genética o la prolongación artificial de la vida. "Dado que la ética es la búsqueda de la felicidad humana mediante la resolución de los problemas que aparecen a lo largo de la vida, la mejor forma de hacerlo es vivir en un planeta habitable, puesto que la contaminación pone en peligro la supervivencia de la especie humana", dice Muleiro.

Entre los ponentes que estos días intentarán aportar pautas de comportamiento han sido invitados filósofos, juristas y científicos, porque reunir a la mayor amplitud de puntos de vista es uno de las premisas de Aletheia. De modo que está prevista la participación de la doctora en Derecho y profesora titular de la Cátedra UNESCO de Bioética María Casado, quien abrirá las sesiones con una disertación sobre "Bioética y derechos humanos".

"Mares vacíos"
El director de Oceana en Europa, organización dedicada a la investigación para la protección de los mares, Xavier Pastor, impartirá la conferencia "2048: mares vacíos", mientras que el profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad Autónoma de Madrid, Pablo de Lora Deltoro, propondrá una reflexión acerca de "Procreación, beneficencia y no-maleficencia" y Miguel Ferrer, doctor en Ecología y antiguo director de la Estación Biológica de Doñana, abordará la "Crisis de la biodiversidad: el hombre y otras especies amenazadas".

El filósofo y profesor del CSIC Jesús Mosterín, uno de los mayores impulsores de estos encuentros, conversará sobre "Bioética e investigación científica", y el catedrático de Ética Javier Sádaba ha titulado su intervención como "Bioética, inmigración y mestizaje". El presidente de la Sociedad Española de Microbiología, Ricardo Guerrero, intervendrá con la "Teoría Gaia: bases científicas e implicaciones éticas", y Victoria Camps, catedrática de Filosofía Moral y Política en la Universidad Autónoma de Barcelona, clausurará las jornadas con una conferencia sobre "El principio de autonomía y sus perversiones".Los relatorios, de carácter gratuito, darán comienzo mañana martes en la sede de la Fundación Caixa Galicia en Vigo, entidad patrocinadora del evento, y se desarrollarán durante cuatro jornadas.